
Debo admitir que desde que me aleje de casa, jamás he podido dejar de pensar en ella. Su imagen es una constante en mi mente y corazón. Puedo jurar que me desespera ver que aun no he llegado nuevamente a casa.
Por fin el anfitrión me presenta ante la congregación y subo al pulpito. Miro a los espectadores, mis hermanos, y pienso: Estoy aquí y no me imaginaba que seria tan rápido. Ahora la emoción me invade completamente. Antes de que intente siquiera abrir la boca toda la congregación me aplaude con regocijo y recibimiento. Miro a mi pastor; no espero que aplauda pues esta en contra de este tipo de expresión; pero me sorprende verle aplaudiendo como todos y con una sonrisa en su rostro. Miro nuevamente a la congregación y en vez de palabras surgen lágrimas y leve llanto. Quiero hablar pero la congregación sigue aplaudiendo y emocionados dicen cosas que no entiendo. No me esperaba ese recibimiento; pero ¡Gloria a Dios! Nuevamente estoy en mi casa después de un largo y agotador viaje.